viernes, 10 de julio de 2020

La cruz el discípulo de Jesús



Sí, para ser discípulo auténtico de Jesús tienes que ser, actuar y sentir como él: «Quien no carga con su cruz, no puede ser discípulo mío» (Mt 10,37).

Para seguirle, Jesús te exige mucho, te exige tu propia vida y tu propio yo, que cantidad de veces son verdaderas cruces que llevas contigo. Piensa despacio qué cruces son las que marcan tu vida. ¿Eres ocasión de sufrimiento para los que te rodean? ¿Aceptas sus formas de ser no ocasionándote desprecio y sufrimiento? ¿Sabes sobrellevar lo duro, lo difícil? ¿Cuáles son las cruces que definen tu vida?

Jesús te aconseja y te dice hoy con todo cariño que tienes que sobrellevar y aceptar las cruces de cada día, así como el sacrificio de tu propia vida, como él, que llevó la cruz de todos los males de la humanidad y se entregó entero por ti, y lo tienes que hacer para entregar tu vida por él y por los demás.

Uno de los modos mejores para saber aceptar lo que te cueste es abandonarte en brazos de Dios-Padre y allí depositar una por una las cruces de tu camino. Dios-Padre te cuida con tanto mimo que bien sabe lo que te conviene en cada momento. No dejes de hacer hoy un ejercicio de abandono en Dios-Padre y depositar todo lo que te es motivo de sufrimiento.

Padre mío, en tus manos me pongo. En ti me abandono y deposito lo que me es motivo de mucho sufrimiento y no sé aceptar. Dame la fuerza de seguirte, de cargar con tu cruz y sobre todo enséñame a ayudar a sobrellevar las cruces de los que sufren a mi lado. Madre mía, maestra del abandono, enséñame.

jueves, 9 de julio de 2020

Jesús te invita a su mesa




La parábola de la gran cena te explica con todo detalle las condiciones para participar en el banquete del Señor: «Un hombre daba un gran banquete y convidó a mucha gente... “Venid, que está preparado”. Pero todos empezaron a excusarse... Entonces el dueño de la casa dijo a su criado: “Sal aprisa a las plazas y tráete aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y los cojos”» (cf Lc 14,16-24).

El Señor siempre te invita para que entres a disfrutar de las riquezas que te ofrece. Te llega repetidas veces, pero quiere y respeta tu libertad y tus deseos de estar sentado a su mesa. Piensa a través de la lectura de la parábola presente que los invitados que no necesitan nada, que le ponen excusas continuamente no son los elegidos para su mesa. Los deseados son los que responden humildemente a su invitación.

No pongas excusas a las invitaciones que Jesús te da. No te entregues a los buenos materiales y desprecies las riquezas de la mesa del Señor. Piensa en tus justificaciones y excusas falsas: ¿qué tropiezos le pones al Señor para estar con él? Acepta con agrado, pero con verdadera necesitad, las invitaciones que Jesús te oferta cada día y siéntate a la mesa con él.

Hoy no dudes en sentarte a su mesa y participar de su banquete: No quiero, Señor, entregarme a los bienes de la mesa de la tierra. Deseo ardientemente sentarme a tu mesa. Dame el sentirme pobre, carente de todo lo que me hace feliz, y que oiga la invitación en mi corazón que tú me haces: «Venid, que está preparado». Seré feliz llenándome de ti. Ayúdame, Señor.

miércoles, 8 de julio de 2020

Señor, quiero ver



A través de Bartimeo se te da un modelo insuperable de fe: «Un mendigo ciego, Bartimeo, estaba sentado al borde del camino y al saber que pasaba Jesús Nazareno, empezó a gritar: “Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí”... Jesús le dijo: “¿Qué quieres que haga?”. “Señor, que vea”... “Anda, tu fe te ha salvado” (cf Mc 10,46-52).

Estas son las actitudes que tienes que tener, como las de nuestro ciego Bartimeo: sentirte ciego, necesitar salir de tus apegos y de ti mismo, ponerte al borde del camino esperando a Jesús que pasa, escuchar su voz y sus pasos, y comenzar tu oración intensa: «Señor, quiero ver, necesito ver, veo todo lo humano, pero no te veo a ti. Dame la visión que necesito para saber dimensionar la vida que llevo». La luz es tu símbolo de alegría y felicidad y la ceguera es símbolo de muerte, de desgracia y de lágrimas. Necesitas con urgencia entrar en el camino de la luz y desprenderte de las tinieblas.

Revisa tus formas de ceguera: ¿cuáles y cómo son? ¿Qué haces para salir de ti mismo y ponerte en el borde del camino de Jesús? ¿Realizas todos los movimientos del ciego Bartimeo que son las formas de acudir al Señor en tus necesidades? ¿Das el salto de salir de ti mismo y dejar que el Señor te interrogue?

Pídele hoy con energía: Con los ojos de un ciego necesito verte, Señor. Necesito tu luz. Necesito salir de las tinieblas que inundan mi vida. Te reclamo una y muchas veces: «Señor, que vea». Quiero ver tu voluntad. Quiero recorrer contigo el camino que me ofreces. Pon luz a mis ojos para que te vea en todo lo que ocurra en mi vida.

martes, 7 de julio de 2020

Maestro bueno: ¿Qué debo hacer?



Esta pregunta, ¿cuántas veces se la habrás hecho al Señor? «“Maestro bueno, ¿qué he de hacer para heredar la vida eterna?”. “Ya sabes, guarda los mandamientos”... Y él le dijo: “He observado todo esto desde mi juventud”... Pero al oír esto, se puso muy triste porque era muy rico... Cuando Jesús vio que se había entristecido, dijo: “¡Qué difícil es para los que tienen riquezas entrar en el reino de Dios!”» (cf Lc 18,24-25).

Cuando sientas deseos de más y mejor, cuando sientas deseos de perfección, no dudes en acercarte al Señor y preguntarle qué es lo que tienes que hacer, qué es lo que quiere de ti, qué es lo que necesitas para ser más y mejor testigo de su mensaje. Piensa que tu vida es una llamada a la perfección y tienes que descubrir la voz de Dios. Y para que no sea estéril lo que debes hacer, el Señor te dice cómo: que si quieres ser perfecto debes dejar tus riquezas, todo lo que estorba a su seguimiento, después ponerte en camino con la alegría, fuerza y confianza en él. Jesús te quiere disponible y que renuncies a tus preocupaciones que te impiden seguirle.

La vocación del Evangelio es una gran aventura. No rechaces la llamada y sé fiel a las indicaciones de Jesús. Con tu deseo de más y mejor, pídele ese arraigo que necesitas para seguirle: Como el joven rico, hoy te pregunto deseoso de dar respuesta a lo que me indicas: «Jesús, ¿qué quieres de mí? ¿Qué debo hacer para ser cada día mejor?». Que nunca ahogue los sentimientos e impulsos del Espíritu que me indican cómo debo seguirte. Que cumpla tu plan sobre mí siempre.

lunes, 6 de julio de 2020

Sencillos como niños



A los discípulos de Jesús les incomoda que molesten tanto a su Maestro los niños que se le acercaban a su paso, y los regañaban. Jesús sale al paso diciéndoles: «Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el reino de Dios» (cf Lc 18,15-17).

Pero ¿qué tiene un niño para atraer tanto a Jesús? ¿Cómo son sus actitudes? Tienes que hacerte niño y tener sus cualidades: la disponibilidad, la sencillez, la sinceridad, la confianza, el asombro, la dependencia, la alegría. Así serás apto para su Reino.

Hoy tienes que actuar y ser como un niño en brazos de su Padre. Te aconsejo que, a la luz de este texto, vivas de la infancia espiritual, que es el verdadero caminito para entrar en el corazón de Dios. Esto es ser auténtico en tu vida y saber vivir desde el sentido de Dios-Padre que nunca te abandona.

Ser como niños es ser auténtico, es mirar de frente la vida, es llenarse de fe y de confianza, es admitir que no puedes hacer nada sin Dios, es ser como la Virgen que te enriquece por su sencillez y pobreza interior. Es la mejor opción que puedes hacer, hacerte como niño en tu vida interior.

Hoy dirige tu oración a tu Madre, María: Madre de la sencillez, de la inocencia, de la autenticidad, dame el espíritu de un niño para que posea la riqueza del amor de Dios. Hazme humilde y capaz de disfrutar del regalo del amor de Dios-Padre que me cuida y me lleva en sus brazos. Acompáñame en este camino.

domingo, 5 de julio de 2020

Dos hombres suben al templo a orar




Hoy Jesús te pone el modelo de oración a través de dos hombres que suben como buenos practicantes a orar: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres; ladrones, adúlteros”... El publicano, en cambio, quedándose atrás, se golpeaba el pecho diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”» (cf Lc 18,9-14).

Observa las actitudes de cada uno: los dos hacen su oración. Uno erguido y considerándose con todos los galones de santidad y distinto de los demás que para él eran ladrones, injustos, etc. Y el otro, el publicano, que se considera indigno de hacer oración, se queda atrás, no se atreve a levantar los ojos al cielo y se golpea el pecho pidiendo compasión de su Dios. ¿Con cuál te identificas en tu oración? Solo la oración que nace de tu necesidad, de tu pobreza y de tu deseo de ser mejor es la que cuenta a los ojos de Dios. Con humildad y con sencillez contempla al Señor, ámale, sírvele y pásale todas tus preocupaciones. Saldrás del encuentro con él justificado como el publicano, porque «el que se enaltece será humillado, el que se humilla será enaltecido».

Aquí estoy, Señor, como el publicano, pidiéndote compasión porque me siento pecador y lleno de carencias y de fallos que solo tú me puedes justificar. Aquí estoy. Enséñame a orar desde mi debilidad y necesidad de tu ayuda y fortaleza. Madre mía, maestra de la oración, enséñame a orar.

sábado, 4 de julio de 2020

Diez curados: un solo agradecido



Diez leprosos cubiertos de su impura lepra reclaman la salud de Jesús con mucha insistencia, y al encontrarle por el camino le gritan: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros» (Jn 17,13). Con urgencia quieren ser curados y, cuando se ven así, solamente uno vuelve a darle las gracias al Señor. Al Señor le duele la actitud de desagradecimiento de estos leprosos.

Jesús siempre está dispuesto a curarte todo tipo de enfermedades materiales y espirituales. Siempre que acudes a él te limpia de tus lepras, pero espera un mínimo agradecimiento por tu parte. Hoy el Señor te reclama la gratitud.

Las muestras de agradecimiento las puedes manifestar de muchas maneras: con palabras, con gestos, con detalles en los que te desvivas por los demás. El Señor espera tu reconocimiento a su amor y le duele que no vuelvas a manifestarle tu amor. No solo es pedir ayuda. No solo es verte curado y atendido. Sé agradecido y manifiesta que te has sentido amado por un Dios que te desborda. Hoy también puedes poner en tu interior a las personas que ves a tu paso que se desviven por los demás.

¿Sabes decir continuamente «gracias» no solo de palabra sino con tus gestos de amor? ¿Te sientes limpio de tus lepras? ¿Acudes al Señor gritándole: «Jesús, ten compasión de mí»? Cultiva la gratitud en tu entorno.

Gracias, Señor, por ser mi salud y mi salvación. Hazme agradecido a tanto bien como me haces. Que en mi vocabulario nunca falte la palabra «gracias». Que valore y aprenda de las personas que se muestran agradecidas.

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